
¡Bang! A la cuarta disparó al aire, en las tres ocasiones anteriores lo había hecho en la sien mientras dictaba una charla sobre arte, compromiso, consecuencias, política y sabotaje y jugaba a la ruleta rusa. Ella asegura que revólver y bala eran reales. Tres ¡click! En la cuarta ocasión, ¡bang! ¿Arte, delito, provocación? Todo ello ocurría en La sociedad del miedo, el Pabellón de Murcia en la Bienal de Venecia. Casi un centenar de espectadores. Era Autosabotaje, la esperada performance de Tania Bruguera. El comisario de la muestra intentó parar la acción después del tercer disparo -«yo he visto la bala y me parecía real», decía Jota Castro, el responsable del pabellón, y lo decía asustado- y el artista austriaco Hans Haacke, otro de los participantes en la propuesta murciana, arremetió contra Tania Bruguera tras acabar la acción. No hace falta saber alemán para entender que le decía que si se había vuelto totalmente loca.

Regina José rasuró su cuerpo y caminó desnuda por las calles de Venecia. Vivió tres días en un hospital psiquiátrico con una camisa de fuerza. Se dejó maquillar en una funeraria por una maquilladora de cadáveres. Encerrada en un cubículo, se dio un golpe por cada mujer asesinada en Guatemala entre enero y junio de 2005, amplificando el sonido de los 279 impactos para ser escuchado desde afuera. Se sometió a una himenoplastia (reconstrucción del himen) para recuperar la virginidad. Recibió un baño con una manguera de las que se usan para disolver manifestaciones o bañar a los recién llegados a prisión. Se inscribió con un cuchillo la palabra PERRA en un muslo. Permaneció encadenada con grilletes durante cuatro días realizando sus actividades cotidianas. Leyó sus poemas colgada del Palacio de Correos a diez metros de altura, pues quería representar la voz de las mujeres que se pierden en el viento.
